Misery
"Y luego tenía una boca pegada a la suya, una boca que era indudablemente de mujer a pesar de sus labios duros y secos, y el soplo que expulsaba la boca femenina entraba en su propia boca, garganta abajo, hinchando levemente sus pulmones, y cuando los labios se apartaron pudo oler por primera vez a su carcelera, olerla en el aliento que ella había exhalado por la fuerza dentro de él igual que un hombre podía introducir una parte de su cuerpo a la fuerza en una mujer renuente, aquel repelente tufo a galletas de vainilla y helado de chocolate y salsa de barbacoa y caramelo de mantequilla de cacahuete. Oyó una voz que gritaba: «¡Respira, maldita sea! ¡Respira, Paul!». Los labios se le pegaron de nuevo. Sintió cómo el aire bajaba otra vez hasta su garganta. Era como esa húmeda ráfaga de viento que sigue al paso de un convoy en el túnel del metro, levantando papeles de periódico y envolturas de caramelo, y los labios estaban retraídos, y él pensó: Por el amor de Dios, no dejes salir ni...